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Dra. Laura Isabel Arranz

Dra. Laura Isabel Arranz

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Doctora en nutrición, farmacéutica, dietista-nutricionista, especializada en dolor crónico y profesora en la Universidad de Barcelona. Dedica parte de su vida profesional a la investigación y el asesoramiento de pacientes entorno a la dieta y su importancia como una herramienta más para el manejo del dolor. Ha publicado diversos trabajos en revistas científicas internacionales y también es autora de libros de divulgación como el “Manual de Fibromialgia, Nutrición y Calidad de Vida”. Siempre entregada a contribuir en la divulgación del conocimiento sólido sobre dieta saludable en contextos de dolor. Autora de la web www.dietalogica.com

Seguramente uno de los factores de los que más se conoce su influencia negativa hacia el dolor crónico es el exceso de peso corporal. Esto no solo sucede por el hecho de que se trate de una carga física, sino porque la acumulación de grasa en el organismo provoca unas alteraciones metabólicas que aumentan la inflamación crónica generalizada, cosa que empeora el dolor, además de otros aspectos de la salud.

El sobrepeso y obesidad son problemas de salud en sí mismos, pero también factores que empeoran el dolor crónico y, además, nos hacen más propensos a padecer otras patologías como la diabetes, enfermedades cardiovasculares, síndrome metabólico, depresión, alteraciones gastrointestinales, etc.

La complejidad de la regulación del peso corporal y la relación entre la alimentación y el dolor crónico, hace de este tema una prioridad a la hora de ayudar a los pacientes.

obesidad, alimentación y dolorEl exceso de peso corporal se produce por un aumento de la acumulación de grasa en el organismo debido principalmente a un desequilibrio entre las calorías ingeridas y las gastadas. La obesidad se produce cuando nuestro IMC (relación entre nuestro peso y nuestra altura) es mayor a 30 o también cuando la acumulación de grasa en el abdomen hace que nuestro perímetro de cintura sea superior a 88cm en mujeres y a 102cm en hombres.

La típica forma corporal de manzana es la más peligrosa para la salud pues está demostrado que, la grasa en nuestra zona abdominal es perjudicial para la salud cardiovascular, favorece la resistencia a la insulina y también el desarrollo de enfermedades o situaciones inflamatorias.

Con la obesidad aumenta la inflamación crónica en el organismo y eso hace que sintamos más dolor pues se potencia la sensibilización central y se perjudica el equilibrio metabólico, endocrino e inmunitario.

Hay una estrecha relación entre el aumento de masa grasa abdominal y el aumento del dolor, es decir, los pacientes con sobrepeso u obesidad sienten más dolor, tiene peor salud y tienen peor funcionalidad física y peor calidad de vida que las que tienen un peso adecuado.

Son muchos los estudios que hablan sobre cómo la obesidad (y el sobrepeso) afecta de forma muy negativa en el nivel de dolor de pacientes con enfermedades como la fibromialgia, la artrosis, el dolor lumbar crónico, etc.

En todos ellos se pone de manifiesto que, a mayor peso, mayor es el dolor y que disminuyendo el peso, aun que sea en tan solo un 10% del peso inicial, los pacientes notan ya la mejoría.

Además, hay trabajos que ponen de manifiesto la relación positiva entre el mantenimiento de la masa muscular y mejora en el dolor, mejor función física y mejor calidad de vida. De manera que, conseguir un peso corporal adecuado y procurar mantener la masa muscular son factores básicos para reducir el dolor.

Pero la regulación del peso corporal es muy compleja y conseguir un peso adecuado en personas con obesidad y dolor es una tarea que requiere esfuerzo y constancia. La dieta debería ser equilibrada y suficiente para tomar solo la energía que gastamos cada día.

La ingesta de alimentos está afectada por factores como son el descanso y el sueño, el estrés, los estados de ánimo, la actividad física, la medicación y el dolor…

El hecho de no descansar lo suficiente o dormir pocas horas o tener una mala calidad del sueño nos hace comer más.

Estar bajo un estado de estrés crónico, como puede ser el hecho de sufrir dolor continuamente, altera la regulación de las señales de saciedad.

Las alteraciones en el estado de ánimo, la depresión y la ansiedad también afectan negativamente a cómo comemos…

La falta de actividad física nos hace perder masa muscular y por tanto sentirnos más cansados o con menos vitalidad, y eso también nos puede hacer buscar energía extra en la comida.

Además, se sabe que uno de los efectos positivos de hacer ejercicio físico es que éste ayuda a la regulación de la saciedad y el hambre.

Algunos fármacos también pueden alterar la ingesta o el metabolismo haciéndonos más susceptibles de ganar peso. Y para colmo, el mismo dolor, cuando es crónico, altera la conducta alimentaria ya que genera unas alteraciones en el sistema nervioso que hacen que los pacientes tengan menos control sobre sus impulsos de comer, y busquen de forma inconsciente el efecto analgésico-hedónico del hecho de comer.

Mientras comemos no sentimos dolor y además, si comemos algo que nos gusta, tendremos una sensación positiva que nos alivia aunque solo de forma fugaz. Pero es un mecanismo que tiene nuestro propio organismo para mantener su integridad física y mental, cuando sentimos algún tipo de tensión o estrés (en este caso el dolor crónico) el propio cerebro busca maneras de darse una recompensa y liberarse de esa sensación negativa…

En los pacientes con dolor crónico este mecanismo juega muy en contra pues el alivio instantáneo que se obtiene mientras se come algo apetecible, no compensa el hecho de que esto nos estará favoreciendo ingerir calorías de más y por tanto aumentar de peso.

Y si aumentamos de peso, empeoramos el dolor.

Por todo esto, y mucho más, es básico ayudar a los pacientes a llevar una dieta saludable que les permita mantener el peso corporal y siempre sin dejar de disfrutar de ricos platos y recetas.

Todas las recomendaciones tienen que adaptarse a cada paciente, pero hay algunas pautas generales que pueden tenerse en cuenta para mejorar el peso y el dolor:

Tienen que predominar los alimentos de origen vegetal pues son los que, en general, concentran más nutrientes en menos calorías.

Las verduras deben tomarse a diario al igual que las frutas, siendo ideal 2 raciones de las primeras y no más de 3 de las segundas.

Deben reducirse al máximo los azúcares y los alimentos ricos en grasas saturadas como la carne roja, los embutidos, algunos lácteos (postres y quesos curados), las galletas, la bollería y otros alimentos procesados.

Deben incluirse en la dieta, en raciones pequeñas, las semillas y los frutos secos como las nueces, las almendras, las avellanas o los pistachos.

Es importante tener unos horarios constantes de comidas y procurar evitar la ingesta de alimentos ricos en hidratos de carbono por la noche (para las cenas lo ideal son las verduras, las ensaladas, el pescado y el huevo)…

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